La excelencia de la sencillez

Jaime Fernández

Las cosas sencillas llaman a nuestra puerta todos los días de nuestra vida, y nosotros decidimos ocuparnos de ellas o no.

Ya he comentado varias veces algunos detalles sobre la película “Tierras de penumbra”, historia de la relación entre el escritor C.S.Lewis y su mujer, enfocada sobre todo en los momentos en los que los médicos descubren un cáncer en el cuerpo de ella. Uno de los detalles que más me impresiona es cuando ella llega a casa enferma, y le pide a él que haga lo que hace todas las noches, que le hable, que la abrace, que acaricie sus pies… las cosas sencillas y simples que le dan sentido a la vida.

 

A casi todos nos gustan las cosas complicadas. Siguiendo la tan famosa ley de Murphy, “Si algo puede complicarse en el peor momento posible, lo hará”. Parece que nos sentimos bien cuando las circunstancias necesitan todo nuestro ingenio y habilidad para salir de un buen embrollo. Y disfrutamos de pequeños momentos de gloria cuando sabemos resolver grandes cosas. El problema es que, a base de entramparnos y desarrollar grandes tinglados… olvidamos que la belleza casi siempre está en las cosas más sencillas.

 

Hacer sonreír a un niño, ayudar a quien está cansado, hacer más fácil la vida de una madre, dar un vaso de agua fría a un sediento, terminar bien un trabajo, preocuparse de la necesidad de otro, abrazar al que está solo, ver salir el sol o escuchar una canción… La lista es siempre interminable: las cosas sencillas llaman a nuestra puerta todos los días de nuestra vida, y nosotros decidimos ocuparnos de ellas o no.

 

Buscando lo extraordinario perdemos muchísimas cosas a lo largo del camino. Un atasco, un plan frustrado, una persona que hace lo que no debe, y cientos de cosas como éstas, pueden ser transformadas si las llenamos del gozo de la sencillez. Todo puede ser cambiado, todo puede ser redimido en los planes de Dios.

 

¿Sabes una cosa? Siempre he pensado que puede conocerse la grandeza de una persona por las cosas por las que se enfada, por las que su día cambia o se queda frustrado. Cuando más pequeñas son las cosas que le frustran, más pequeña es una persona. Cuanto más se queja alguien por detalles y palabras, más demuestra lo pequeño que es su sentido de la vida.

 

Por algo, el Señor Jesús se ocupó siempre en primer lugar por las cosas sencillas. Por algo Él prometió que todo aquel que diese un sólo vaso de agua fría en su nombre, no perdería su recompensa.

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