Vivimos el Dios que imaginamos

Lidia Martín

Nuestra mente suele jugarnos con facilidad malas pasadas. No siempre somos verdaderamente conscientes de ello, porque en ocasiones el juego es realmente sutil y está ampliamente generalizado entre nosotros, pero ciertamente, cuando llegamos a verlo, aunque sea en una pequeña medida, alcanzamos a vislumbrar un pequeño destello acerca de cuán errados podemos estar sobre ciertas cosas.

 

Con Dios no pasa algo distinto. La Biblia nos muestra cómo es Dios y Su carácter. Su mensaje es claro en lo esencial, pero complejo por profundidad y porque nosotros, aun con todas nuestras posibilidades y al 100% de nuestra mente nunca podremos llegar a alcanzar la altura, profundidad y anchura de Dios y del amor que ha mostrado por nosotros.

 

En ese sentido, como mucho, podremos hacer un cierto nivel de aproximación, pero no podemos seriamente tener la expectativa de que podremos alcanzar la plenitud de ese conocimiento (no solo intelectual, sino eminentemente personal y emocional) en esta vida.

 

Eso es algo que nos será completamente manifiesto cuando estemos completamente en Su presencia. Entonces y solo entonces seremos capaces de verle realmente tal y como él es, aunque procuramos desde aquí empezar a conocerle y ser cada vez más a la imagen de Cristo.

 

Lo que nosotros hacemos con todas las cosas, y con Dios también, es una representación de la realidad, pero no una fotografía exacta. Esto es un mecanismo que nuestro cerebro pone en marcha por una cuestión de simplicidad y practicidad. Es decir, nuestra mente selecciona qué parte de la información que recibimos a través de nuestros sentidos es relevante para desarrollar nuestra actividad en ese momento y el resto, si no la eliminamos, al menos la dejamos relegada en un muy segundo plano. Hacemos lo que se llama atención selectiva y lo hacemos permanentemente. Simplemente, es nuestra forma de funcionar.

 

Esto sucede también cuando, sin querer o queriendo, seleccionamos aquella parte de la información que recibimos que responde más o mejor a nuestras propias teorías, clichés y prejuicios. Y la que no encaja, simplemente, es descartada o relegada. Esto que, a simple vista, entendemos como algo práctico y a seguir realizando, en lo referente a la fe y a la vida cristiana nos pone en un serio condicionante:

 

• No hay parte de Dios que Él no quiera que conozcamos.

 

• No hay facetas de Dios que sean más o menos relevantes.

 

• No tenemos un Dios que podamos amoldar a nuestra forma de ver la vida o a nuestros propios prejuicios.

 

• Y mucho más grave aún, no podemos construirnos un Dios que responda u obedezca a nuestros intereses personales.

 

Las consecuencias que trae para nosotros una visión de Dios parcial son que nuestra madurez y crecimiento también lo serán. Nuestra confianza será parcial porque nuestra fe en Sus promesas no será completa tampoco.

 

Vivir un Dios adaptado a nuestro antojo, hágase esto con mayor o menor intención, supone en definitiva no vivir la vida cristiana desde la bendición y la perspectiva que Él quiere para nosotros. Pero yendo aún más lejos, cuando nuestra visión de Dios está distorsionada terminamos viviendo justo el Dios que nos hemos creado:

 

• Cuando creemos que tenemos un Dios tirano, vivimos la vida cristiana desde el miedo y la incertidumbre, a la espera de cuándo llegará el brazo inconsciente de ese “Dios” mezquino que parece disfrutar haciéndonos sufrir.

 

• Cuando creemos en un Dios distante, ni siquiera nos proponemos acercarnos en oración. Y simplemente confirmamos esa profecía autocumplida en la que Dios parece no hablarnos, luego debemos darle igual.

 

• Cuando creemos en un Dios bonachón que todo lo permite y que todo lo perdona, vivimos la vida cristiana como si no hubiera un juicio, como si no fuésemos responsables, como si no tuviéramos, en definitiva, que dar cuentas. Y en ese momento perdemos la urgencia de comunicar a otros que, de no agarrarse al sacrificio de Cristo, se perderán sin remedio.

 

• Cuando creemos en un Dios justo pero no misericordioso, caemos en el legalismo y en vivir nuestra vida poniendo los ojos en las vidas de los demás. O bien, aplicándolo a nosotros mismos, viviremos desde la profunda depresión que se genera al saber que seremos castigados pero no tenemos opción posible de remisión.

 

• Cuando creemos en un Dios negligente o despistado, le atribuimos a él nuestras propias torpezas y pensamos, en el fondo, que Dios no está pendiente de nosotros ni de lo que hacemos. La contradicción está servida porque pensamos que, al fin y al cabo, tiene tanto y tan importante de qué ocuparse que cómo va a detenerse en cuestiones menores como somos nosotros.

 

Y así sucesivamente. De hecho animo al lector a que piense qué tipo de imagen tiene de Dios y que analice cuántas de las cosas que se producen en su forma de vivir su día a día como cristiano vienen condicionadas, precisamente, por esa misma visión.

 

No podemos vivir una plena vida cristiana cuando seguimos prefiriendo a un Dios parcial…parcialmente presente… parcialmente completo… parcialmente divino… totalmente conveniente… para un cristianismo parcial.

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